Hoy ha venido a verme el monstruo

Hoy ha venido a verme el monstruo, mi monstruo, que no es otro que mi propio yo. Pensamientos incontrolables y oscuros se apoderan de mi mente, extrapolándose más tarde a mi propio cuerpo, provocando que mis pulmones se queden secos y el oxígeno no fluya bien por ellos. Se me duermen las manos, se me ralentiza el cerebro, mi corazón se desboca… Y la angustia no para de crecer.

Mi cuerpo debe ir a lugares a los que mi mente no quiere ir, mis ojos deben ver gentes y cosas que mi mente no quiere ver, y debo hacer cosas con mis manos que mi mente tampoco quiere hacer.

Hoy parece que lleve sobre mis hombros una gran losa que pesa sobre mi alma. La bola que hace años tengo alojada en la boca del estómago oprime fuertemente mi diafragma. Hoy esa bola pesa más que otros días, me está costando de llevar.

Las palabras de ánimo no ayudan, las encuentro tópicas y vacías, sin sentido y poco sinceras, aunque vengan con la mejor de las intenciones. En realidad, todavía me angustian más. Me siento obligada a ser feliz para los demás, pero mi corazón hoy está angustiado y agotado, está gris, como las nubes que cubren el cielo de esta mañana de otoño.

No me pueden acusar de llorar, hace años que consumo mis propias lágrimas. Ya me educaron bien desde pequeña a hacerlo. “Si lloras sin motivo te vas a tu habitación.” “¿Por qué lloras si tienes de todo?”

Esa es la pregunta clave, ¿por qué se parte mi alma si tengo de todo?

Pero yo siento que no tengo nada, que no soy nada…

P

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