Mi particular cuento de navidad

Mayores que ya no os creéis niños atended, porque os voy a contar un cuento, que no por casualidad, es de Navidad; no sin antes mencionar al gran Dickens y su obra atemporal.

Es la historia de dos hermanitos, dos infantes inocentes, siendo conscientes esa noche de su primera Navidad.

Observaban con ojos de pura incredulidad cómo su afanado padre, la casa blindaba con esmero y celeridad. Cerraba puertas y ventanas, recovecos y rincones revisaba, y hasta la chimenea aseguró, subiendo al tejado casi del tirón.

Los pequeños preguntaban, a su madre preocupada, qué pasaba en aquella casa para que ni el cielo estrellado divisaran. Su madre los ignoraba y sólo a su padre, como un loro incesante preguntaba:

-Pero tú no has hecho nada, ¿verdad?

Su padre la miraba, con cara de pocos amigos y con desdén contestaba:

-¿Yo qué voy a hacer? Defender lo mío nada más.

Los niños se abrazaban y en un rincón de aquella inmensa casa se consolaban. Bajo el árbol adornado con esmero, miles de paquetes de regalo les esperaban, no obstante no osaban, ni acercarse a las galletas de la nana.

-Pero tu no has hecho nada, ¿verdad? – El lorito preguntaba.

-Déjame en paz de una vez. – El afanado padre contestaba.

Al sonar las doce de la noche en el carísimo reloj de pared de la entrada su padre dio un respingo y detrás del sofá se parapetaba.

Los niños intentaban a su madre acercarse, mas esta los apartaba y sus joyas en la ropa camuflaba.
En la puerta de la casa, tres golpes oyeron, resonando en aquella gran estancia como ecos de otro mundo, que la carne helaban.

“Mami”, gritaban los niños. Pero su madre no les consolaba.

-Pero tú no has hecho nada, ¿verdad? – Repetía el lorito ya con desesperanza.

Otros tres toques en la puerta sonaron, junto con el sonido de un cascabel, que a los niños hizo pensar, de Santa Claus se ha de tratar.

-Las puertas están aseguradas. De aquí te irás sin más. – Dijo el padre con cara de pánico desde su parapeto en el sofá.

-Jou, jou, jou… Has sido un mal chico, y conmigo te voy a llevar. –Sonaron estas palabras y la puerta se abrió sin más.

Los niños se abrazaban, mientras un gran Santa Claus los miraba con ternura y les sonreía con amabilidad.

Se dirigió hacia el parapeto de su padre en el sofá, mientras su madre se guardaba en la ropa todo lo que a su alrededor podía afanar.

-Jou, jou, jou… Has sido un mal chico, y conmigo te voy a llevar. -Repetía Santa Claus.

-Yo no he hecho nada, más que defender lo mío. – Replicaba su padre como una alimaña desde su improvisado fortín.

-Jou, jou, jou… A mucha gente has herido y mucha ruina has sembrado, con el único objetivo que ganar dinero manchado. Un mal chico has sido y conmigo vendrás. Ahora serás tan pobre, que sólo dinero tendrás. Y tú le acompañarás. –Dijo a la madre de horrorizada tez.

-¿Yo por qué? Nada he hecho yo esta vez. –Replicaba el lorito, con los bolsillos llenos de brillantes tesoros.

-Tú no has preguntado de donde procedían tantos lujos y brillos como se te han proporcionado. Jou, jou, jou, una mala chica has sido, y ahora conmigo vendrás.

El gran Santa Claus, a los dos padres cogió, como dos colgajos bajo el brazo, y volando salió, mientras los dos pataleaban y protestaban, cual reo entrando en prisión.
En una isla los dejó, rodeados de mar y desolado paisaje, no sin antes darles todo el dinero que tanto habían ansiado. Montañas y montañas de dinero, joyas y lujos, para que disfrutaran sus deseos sin otra compañía que agua, arena y vacío.

-Esto es culpa tuya, tú me has llevado a esto. –Protestaba el lorito desolado.

-Cállate arpía. –Contestaba el condenado.

Santa Claus volvió junto a los niños, que asustados se abrazaban, sin atreverse ni a moverse, ante semejante escenario.

-Jou, jou, jou… Vosotros buenos chicos habéis sido, por eso os voy a hacer un buen regalo.

Santa Claus los acomodó en su trineo y su regazo. Ningún frío sentían, aunque estaba nevando. Les llevó junto a una nueva familia, en una casa humilde y pocos regalos bajo el árbol, pero todos se abrazaron y juntos cantaron.


No había muebles caros, ni joyas, ni mármoles, ni relojes de nobles maderas, y sólo dos pijamas calentitos les esperaban bajo el árbol. Pero sus nuevos padres les colmaron de abrazos, besos, risas y cuentos hasta que en una camita mullida descansaron. El verdadero regalo de aquella Navidad fue el amor, que antes las riquezas y la codicia les negaron.

«Mi particular cuento de navidad»

Ana Escudero Satorres

Fuente imagen: Pexels

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